Aquella copa era veneno como mínimo, pero del bueno. Garrafón que recuerdas de por vida por el tremendo dolor de cabeza que produce. Le di el primer trago nada más me la sirvieron y me giré para darle las últimas instrucciones a Don Roman. Sin embargo, ya no estaba allí.
Le vi a lo lejos, encarando un grupo de tres tias y un tio. Mala cosa. Tenía la regla de no entrar jamás un grupo que tuviese al menos un tío manifiestamente heterosexual, y aquel, por el tamaño de su cuerpo y por la apariencia parecía más macho que Rambo y Hulk juntos. Normalmente los tíos se muestran a la defensiva. Si tienen novia, la reacción ante una agresión es obvia, pero si no la tienen es casi peor porque supone adentrarse en un terreno todavía por marcar. Como los osos o los leones cuando marcan su territorio, los tios que van en grupo con más tías saben que ese es su territorio. No tiene su marca todavía pero si su olor. Y los machos ajenos a la manada no son bienvenidos. Esa es una regla que conoce cualquier macho pero que Don Roman parecía desconocer al completo.
Temerario e imprudente optó por una de las mujeres. Tenía un 66% de probabilidades de acertar con la que no fuese novia del maromo. Las probabilidades jugaban a su favor pero el riesgo era alto. Se acercó a una de ellas, no la más guapa pero si resultona. Le dijo unas palabras a continuación, y ahí empezó lo que sería para mi una inolvidable noche.
El maromo, haciendo honor a su pinta de oso, se revolvió, como gruñendo. No solamente había entrado Roman en terreno hostil, sino que quería a su vez marcarlo con su propia orina, en este caso esperma, dicho mal y pronto. Una osadía digna de un loco. No sabía si darme la vuelta e ignorar los hechos, como castigo al incumplimiento de la regla más básica de comportamiento entre hombres; o si por el contrario ser fiel a otra regla que dice que si los amigos se meten en problemas tu te debes meter en ellos aunque sea un suicidio. Ni nosotros dos, ni tres más podríamos con semejante elemento. Como mínimo jugaba al rugby y seguro que lo hacía de delantero. Me lo imaginé en ese momento introducido en la melé gruñendo y salivando como una bestia. Y eso sin haberle tocado un pelo. Me recorrió un escalofrío por el cuerpo y me dispuse a cumplir con honor mi deber de amigo.
Me acerqué al lugar del crimen (futuro pero con certeza) con la copa en la mano dispuesto a usarla como arma. Antes decidí no desperdiciar ni una gota de alcohol y me apuré la mitad de la copa de un trago. Ahora si me veía capaz de hacerle frente a la bestia. Yo me iría con la nariz rota y tres costillas partidas sí, pero el se iría con un chichón a su casa. Hice honor a mi apodo y aullé tan fuerte como pude. Apreté con fuerza la copa y me acerqué. Llevaba la incercia necesaria para sorprender con el primer golpe. La suerta estaba echada.
De repente ví como se entablaba un diálogo. ¡Estaban dialogando! No había mandobles aquí y allá como en las películas de Bud Spencer, ni palabras gruesas. Aquello parecía un diálogo incluso respetuoso.
-Mire usted señor –decía Roman- permítame decirle que su novia es una bella mujer y que en ningún caso pretendía más que rendirle mis respetos.
Aquello era irreal. Me pellizqué, y comprobé que a pesar del alcohol había notado un pequeño pinchazo. La conversación parecía fluir. Y allí estaba yo, de pie con la copa apretada en mi mano a punto de causarme una hemorragia interna. Miré a mi izquierda y vi a la novia que había provocado indirectamente todo aquel conflicto más sorprendida aún que yo.
Decidí aprovechar el tiempo y me acerqué a las otras dos amigas. Fue un visto y no visto. Presentaciones, cuatro tonterías y de repente se marcharon como habían venido. Se ve que yo no era lo suficientemente bueno para aquellas dos. Me quedé mirando como Roman seguía hablando con el maromo. Por un momento parecía que incluso se llevasen bien. Me lo acabó de confirmar cuando se fundieron en un afectuoso abrazo. Definitivamente o yo estaba soñando o los dos iban tan cocidos como un langostino en fin de año.
No quería ser testigo de semejante canto a la amistad y me dispuse a pedir la penúltima copa. Para mi sorpresa se me acercó la novia. Se llamaba Rocío y de cerca y con más copas bien podía ser catalogada como una cachonda en toda regla. Estuvimos hablando un buen rato. Aquella era la típica conversación que no me iba a llevar a ningún lugar. Hablar con una tía buena cuyo novio estaba al lado era lo más absurdo del mundo. Decidí acabar con aquella farsa.
-Bueno Rocío, creo que me voy a ir a casa –dije.
-Vale, me voy contigo –dijo bastante seria. Aquello era una broma de muy mal gusto. A pesar de lo cuál me rei.
-Claro, y te traes a tu novio, el maromo, y hacemos un trío – contesté.
-Mi novio es gilipollas y aquí se queda –me contestó muy seria.
-Sí claro –dije.
-¿Qué pasa que no te gusto?. Porque yo aquí te hacía un hombre ahora mismo –me contestó, poniendo una cara de lascivia que llevaba tiempo sin ver (toda mi vida concretamente).
-Eh..,bueno, eh.. claro que me gustas joder –acerté a decir. No me podía creer lo que me estaba diciendo y por un momento pensé que era todo parte del mismo sueño. Me volví a pellizcar, pero esta vez con fuerza. Dolía. Era real.
-Una de dos, o te lo vuelvo a explicar y te cojo el paquete por si no te ha quedado suficientemente claro o nos vamos al baño y nos enrollamos ya mismo –me dijo, acercando su mano a mi pantalón.
En ese momento algo me crecía interiormente y no era mi ego, que también. Por otro lado, aquel tipo daba miedo y eso sí que era tentar la suerte. Definitivamente tendría que decir que no y subirme a casa antes de que reventase en mil pedazos toda “mi confianza interna”.
-Joder, que cosas que pides. Está tu novio ahí y no me parece lo más sensato –dije, con la boca seca provocada por la emoción del momento pero sobre todo por la falta de copas.
-Mira, te lo voy a poner facilísimo. Llevo cuatro años opositando y las últimas semanas sin salir de casa ni para comprar el pan. Había quedado hoy con mi novio para practicar el sexo salvajemente pero por un momento parece que prefiere al gilipollas de tu amigo. Así que si quieres nos vamos ahora mismo al baño, y disfrutamos de una noche de sexo entre desconocidos o si no tendré que irme a mi casa sola y disfrutar yo solita –me dijo.
Si aquello no era un sueño lo sería para el resto de mi vida. La cogí del brazo con violencia y me la llevé al baño. Era elegir entre mi vida o mi salud mental futura. Había que arriesgar. No decía Borges que el coraje siempre es mejor.Pues toma tres tazas.O cinco.
Cuando salí del baño, no sabía cuanto tiempo había pasado pero allí seguían Don Roman y el novio parloteando como dos amigos de toda la vida. Yo en cambio había disfrutando del seguramente mejor polvo de mi vida, y por un momento juraría que aquella mujer era multiorgásmica.
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